Miguel De Ibarra

Nació en San Andrés de Eibar, provincia de Guipúzcoa, población del país Vasco, cercana a Loyola. Se Licenciado en Leyes, en Salamanca, el 19 de febrero de 1582. Y fue nombrado por Felipe II oidor en Santa Fe del reino de Granada. La Nueva Granada había pasado por un período muy irregular en las últimas décadas del siglo xvi, tanto que el arzobispo de Bogotá, Lobo Guerrero, escribió a Felipe II: “Esta tierra es la más estragada en costumbres y en todo género de vicios de cuantas tiene S.M.” Ante este desconcierto, Felipe II pensó en enviar gobernantes intachables: al doctor Antonio González, de su Consejo, como presidente; y entre otros oidores, al licenciado Miguel de Ibarra, a quien nombró el 23 de octubre de 1591. Al saberlo, el presidente González escribió al secretario del Rey, Juan de Ibarra, hermano mayor de Miguel: “La venida del Sr. Ldo. Miguel de Ibarra ha sido para mí de grandísimo contentamiento, por tener un compañero de tanta nobleza y virtud. Al Señor Licenciado traiga Dios con bien, que en esta Santa Fe se le hará el regalo que yo pudiere” (14 de abril de 1592).

Desembarcó en Cartagena y subió a Bogotá, con mala impresión de la tierra, como lo vemos por sus cartas, como ésta dirigida a su hermano Juan, caballero de Calatrava y secretario de Felipe II para asuntos de las Indias: “Aquí se pasa mucho trabajo, porque la tierra está acabada y pobre. Después de Navidad, según me dice el Sr. presidente, yo habré de salir a la Visita general del distrito de Sta. Fe.; y no deja de darme harto cuidado. Por lo que digo, y por la gente de por acá tan peligrosa y libre, estoy muy descontento de la asistencia aquí. Y holgaría que v.m. tratará para que yo vaya a Lima” (10 de septiembre de 1592). Ventajosamente, no se trató de su traslado a Lima.

Y poco a poco, el oidor Miguel fue adaptándose a la tierra y mejorando de parecer y sentimientos.

Ya desde 1606 Miguel de Ibarra había pedido permiso para ordenarse sacerdote. El Consejo de Indias informó al Rey: “El Ldo. Miguel de Ibarra Presidente de Quito ha presentado que, desde que comenzó a estudiar, ha tenido propósito de ser clerigo presbitero, y en él ha permanecido siempre.

Y porque desea cumplirle, hallándose ya en edad de cerca de sesenta años suplica a V.M. le mande dar licencia para que se pueda ordenar. Para él será de mucho consuelo. Ha parecido que es justo concederle lo que pide, con que antes se pida el Breve de Su Santidad, para que pueda conocer de causas criminales. Porque en la Audiencia de Quito, por no haber Alcaldes, el Presidente y los Oidores conocen de ellas. Madrid, a 9 de octubre, 1608”.

El Rey lo aprobó; pero el trámite era largo, y el permiso llegó tarde.

La gravedad del “mal de orina”, como se decía entonces, creció y acabó con la vida de Miguel de Ibarra el 29 de abril de 1608.

El obispo de Quito, Salvador de Ribera, manifestó al Rey: “Fue Nuestro Señor servido de llevarnos a este santo Presidente, que murió con la santidad con que vivió, y mereció, por su gran virtud, partir de este mundo dejando a V.M. esta Provincia que le había encomendado, en la quietud que le he referido”.

Falleció el presidente, pero permaneció su obra y su nombre en la ciudad que perpetúa su apellido. Se encontró en el convento de San Francisco su lápida tumbal, donde la Audiencia perpetuó su escudo de armas y su título singular de presidente, gobernador y capitán general de la Audiencia de Quito.

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